EL FOTOCINERO

En Antioquia —especialmente en Medellín—, a mediados del siglo pasado, cuando era una rareza que las familias tuvieran una cámara fotográfica y por eso pocos tenían fotos de sí mismos diferentes a las de la cédula o las festividades, aparece un personaje cuyo oficio era fotografiar a los transeúntes en las concurridas calles de la ciudad; este era un empleado a destajo, a quien se conoció con el nombre de fotocinero. El peatón fotografiado recibía del fotocinero un comprobante, con el cual al día siguiente podía pasar a la empresa a ver la fotografía y comprarla, si era de su interés. La fotografía era en blanco y negro, de 24 × 36 mm o 24 × 18 mm, según la cámara utilizada.

La aparición de los fotocineros fue posible cuando se consolidaron las cámaras de 35 mm o de rollo 135, cámaras de alta calidad lo suficientemente pequeñas, de fácil manipulación, con lentes de abertura grande y obturadores rápidos, que posibilitaban tomar la fotografía a un caminante sin necesidad de que este se detuviera. A mediados de los años sesenta llega la cámara Olympus Pen, que empleaba la misma película de 35 mm, con la gran ventaja de que estaba diseñada para usar la mitad del negativo en cada toma, lo cual permitía obtener el doble de fotografías por rollo (uno de los grandes costos de la operación), economía que posibilitó el auge del negocio.

Medellín 1953. Yolanda y Amparo Arbeláez Carvajal en Junín.
Fotógrafo: Por identificar.
Propietario: Diego Bedoya.
Archivo: viztaz.org
Medellín 1955. Rafael Buitrago, Ligia Salazar de Buitrago y su hijo Álvaro Buitrago en Junín.
Fotógrafa: Sara Toro.
Propietario: Jorge Buitrago.
Archivo: viztaz.org

Medellín 1941. Filiberto y Elena Carvajal en el Centro de la ciudad. Fotógrafo: Por identificar.
Propietaria: Elena Margarita Carvajal.
Archivo: viztaz.org
Medellín 1960. Celina Bedoya de paseo por Junín.
Fotógrafo: Por identificar. Propietaria: María Isabel Zapata.
Archivo: viztaz.org

Un fotocinero podía fácilmente tomar 1.500 fotos al día (unos 15 rollos, de 100 fotografías cada uno). No utilizaban los rollos convencionales, sino que a partir de un gran carrete de película, de aquellos utilizados para cine, la empresa cortaba y empacaba manualmente la cinta (o película), en oscuridad total, y así formaba los rollos para sus empleados, lo cual les representaba un ahorro importante de dinero. El uso en fotografía de película para cine podría ser una de las razones del nombre de fotocineros, aunque no está completamente clara su procedencia.

El fotógrafo era instruido por su patrón e iba aprendiendo a quién retratar de entre la masa de peatones, pues el éxito del negocio consistía en cautivar a más personas para que se interesaran en comprar las fotografías y además ordenaran ampliaciones; por esto, el fotocinero elegía especialmente parejas de enamorados, grupos familiares o de amigos, o los “bien vestidos”. Era la época de “juniniar” y, como hoy lo son los centros comerciales, el Centro de Medellín era un espacio propicio para el encuentro y el disfrute de las amistades.

Medellín 1967. Nohemí Valencia y su hermana en Junín.
Fotógrafo: Por identificar.
Propietario: Alberto Puerta Rico.
Archivo: viztaz.org
Medellín. Clarita Vélez y Alberto Puerta. Fotógrafo: A. Ocampo. Propietario: Alberto Puerta Ríos. Archivo: viztaz.org

Los medellinenses se acostumbraron a los fotocineros como parte del paisaje de la ciudad, y estos a su vez buscaron nuevos medios para que el negocio mantuviera su vigencia. Una de las innovaciones fue el llamado telescopio, un pequeño visor de plástico con la fotografía adentro para verla a contraluz. Inicialmente se utilizó película en blanco y negro, que se coloreaba de azul o verde para dar la sensación de color al mirarla, pero cuando entró al mercado la diapositiva, película positiva a color, los fotocineros encontraron en esta un nuevo filón para su negocio.

La diapositiva era un tipo de película mucho más costosa, que hizo cambiar la estrategia del fotocinero; así, este aparentaba disparar su cámara, pero al entregar el recibo le mostraba al fotografiado el telescopio con una imagen a color y le pedía un anticipo para que después reclamara el suyo con la foto, lo cual le evitaba pérdidas. Una vez el cliente pagaba, el fotógrafo le decía que por seguridad repetiría la fotografía y en este momento sí la tomaba realmente.

Durante más de tres décadas fueron millones las fotografías tomadas a las gentes del común, imágenes que se han constituido en un verdadero testimonio de cómo era la ciudad, los lugares más concurridos, las costumbres y la moda en la Medellín de entonces.

Medellín 1952. Silvia Castañeda, Marleny Ospina y Rosmira en la Carrera Bolívar.
Fotógrafo: A. Ocampo. Propietario: Nohemí Ospina Toro. Archivo: viztaz.org
Medellín 1950. Jairo Bedoya Enríquez en Junín.
Fotógrafo: Por identificar. Propietario: Diego Bedoya.
Archivo: viztaz.org

Medellín 1950. Eugenia Velásquez Gaviria.
Fotógrafo: Por identificar.
Propietario: Oscar A. Jaramillo V. Archivo: viztaz.org
Medellín 1977. Francisco Alberto Fernández J.
Fotógrafo: Por identificar. Propietario: Francisco Alberto Fernández J. Archivo: viztaz.org

Medellín 1962. Clara Ocampo y Alirio Botero.
Fotógrafo: Por identificar.
Propietario: Elkin Botero Ocampo.
Archivo: viztaz.org
Medellín 1971. Alberto Restrepo y Fernando Mejía.
Fotógrafo: Por identificar. Propietaria: Eunice Díaz
Archivo: viztaz.org

Medellín 1965. Luz Helena Ocampo en el Centro de la ciudad.
Fotógrafo: Por identificar.
Propietaria: Luz Helena Orrego.
Archivo: viztaz.org
Medellín 1972. María Virginia y Claudia María Hoyos.
Fotógrafo: Por identificar. Propietaria: María Virginia y Claudia María Hoyos.
Archivo: viztaz.org