EL PONCHERAZO

En un principio, los fotógrafos fueron personas de las élites, pues este nuevo oficio, además de demandar recursos para importar los costosos equipos y materiales fotográficos, requería conocimientos académicos que les permitiera comprender y seguir los complejos procesos fotográficos; por todo esto, un retrato era un verdadero lujo al que solo podían acceder algunos privilegiados. Pero luego aparecieron los fotógrafos ambulantes, quienes vieron una oportunidad de negocio en el deseo de la gente de tener sus propios retratos; y así, dotados del ingenio popular, “inventaron” la fotografía del ‘poncherazo’, o ‘fotoagüita’.

La cámara del ‘poncherazo’ consistía en un cajón de madera al que le añadían un lente y un sencillo mecanismo para enfocar. El cajón debía tener el suficiente espacio para acomodar dos cubetas, una para el revelador y la otra para el fijador (las cubetas eran preferiblemente de cobre, que no se oxida, o en su defecto dos latas de sardinas de las grandes), además de un compartimiento para guardar el papel antes de exponerlo; esta ingeniosa cámara disponía en la parte posterior de una compuerta con una manga negra que permitía meter y sacar la mano sin que entrara ni un rayo de luz, pues su interior debía permanecer completamente oscuro.

 

 

 

 

 

 

 

 

Medellín 1977. Fotógrafo tomando poncherazo.
Fotógrafo: Digar.
Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto.

 

 

 


Medellín 1957. Ana Elvia Herrera y José Lotero.
Fotógrafo: Por identificar. Propietario: Gildardo Lotero H. Archivo: viztaz.org
Valparaíso 1974. Duque G. y Ligia Arango.
Fotógrafo: Por identificar. Propietario: Sergio Duque.
Archivo: viztaz.org

La rapidez en la entrega de la fotografía y su bajo costo hizo que los fotógrafos del ‘poncherazo’ proliferaran en nuestros parques. Ellos viajaban de pueblo en pueblo cargando, además de su muy peculiar equipo fotográfico, caballitos de madera, telones para los fondos, sillas y un surtido de plantillas en cartulina con leyendas alusivas al amor, al olvido, a las despedidas, a la muerte; así, los enamorados conseguían su foto enmarcada en un corazón o con palomas, y mensajes como: “contigo hasta la tumba”, o “para amarte vivo”, o “si amar es un delito me condenaría por ti”. Niños, señoras, novios de fin de semana, soldados con su fusil en sus días de salida que deseaban enviar un recuerdo a su madre o a su novia; cualquiera, con un poncherazo, podía obtener su retrato a un precio módico.

Medellín. Carlos Augusto y Juliana Andrea Muñoz.
Fotógrafo: Por identificar.
Propietaria: Juliana Andrea Muñoz. Archivo: viztaz.org

Rionegro 1939. María Mercedes Quintero Vergara.
Fotógrafo: Por identificar.
Propietaria: Marta Montoya Vásquez. Archivo: viztaz.org

Para revivir este momento de la fotografía, el Museo Víztaz construyó en 2011 una réplica de estas cámaras del poncherazo y escenifica este ritual en diferentes espacios de la ciudad. Así, quienes conocieron esa práctica la recrean y las nuevas generaciones aprecian esta rutina de antaño. Visite: www.elponcherazo.com/


Jota Villaza. Fotógrafo: Arturo Giraldo. Archivo: viztaz.org